DOMINGO GAUDETE

El Washington Post, hace unos años filmó la reacción de los viajeros que pasaban por una estación de metro. Un hombre tocaba su violín. Todos tenían mucha prisa y no se detenían a escuchar sus piezas de música clásica. Unos pocos hicieron una breve pausa y echaron unos céntimos en la caja del violín. Aparentemente se trataba de un día más y de un músico más. Pero no era un músico más. El violinista, Joshua Bell, es uno de los mejores violinistas del mundo y además tocaba su millonario Stradivarius. 

Tres días antes había llenado el Symphony Hall de Boston y los asistentes a su concierto habían pagado cien dólares por su butaca y habían escuchado las mismas obras que tocaba en una estación de metro. Sólo una persona reconoció al virtuoso violinista. Esta se colocó a unos metros del maestro mientras se preguntaba: ¿cómo puede ser que la gente no se pare a escuchar al maestro y sea más generosa con sus propinas?

La pregunta del periódico era muy sencilla: ¿acaso no hemos sido educados para reconocer la belleza fuera de los contextos dónde suponemos que se puede encontrar?

Hoy, nosotros estamos reunidos en un contexto litúrgico, en un ámbito donde Dios habla, donde teóricamente tenemos la certeza de que Jesús es el que tenía que venir, donde todas las preguntas sobran. ¿Pero sólo aquí se ven los gestos de Dios, los gestos de Jesús, que responden a la pregunta de Juan y de todos los que como Juan dudan de su presencia salvadora? ¿Hemos sido catequizados nosotros para reconocer la presencia de Dios en los acontecimientos de la vida y en las acciones de tantos hombres buenos, creyentes o no, que reflejan la chispa de amor que ha puesto en nuestros corazones?

¿Eres tú el que tenía que venir o tenemos que esperar a otro? Si la respuesta sólo la podemos escuchar en la Iglesia y en los sermones de los curas todos hemos fracasado estrepitosamente.

Adviento, por más veces que pronunciemos esta palabra en la iglesia, no es ni será un tiempo popular. Los hombres de nuestro tiempo esperan poco o nada de la Iglesia. Esperar es lo más aburrido del mundo. La espera agota la paciencia, implica soledad y los hombres lo quieren todo y ya. Lo importante no es esperar, es celebrar, celebrar lo grandioso y lo banal con la manada, aquí y ahora.

Juan Bautista, el predicador de la música clásica de los profetas, vocero del arrepentimiento, del hacha, del fuego y del juicio inminente tuvo su auditorio fuera del templo. La gente sencilla y los profesionales de la religión acudieron en masa a escuchar su música dramática y hasta el mismo Jesús fue oyente de su predicación furibunda y como uno de tantos se sumergió en las aguas del Jordán para ser bautizado.

 ¿Fue Juan, el hombre más grande nacido de mujer, el único que reconoció a Jesús como el mejor violinista del mundo, el lleno del Espíritu, el que vino a traer otro fuego, el único que vino a señalarlo a las gentes despistadas y a los profesionales de la religión?

Siempre me ha llamado la atención que Juan, el hombre más grande nacido de mujer, no fuera uno de los doce discípulos de Jesús. Jesús llamó a doce hombres, ¿por qué no invitó a Juan a sumarse a la nueva predicación, a la nueva hoja de ruta?

Juan cerró el AT, tuvo su grupo y sus seguidores y se enfrentó valientemente a Herodes, al que Jesús no le dijo ni palabra.

La pregunta clave de ayer y de hoy es siempre la misma: ¿Jesús, eres tú la palabra pronunciada por Dios?

¿Jesús, eres tú el Mesías anunciado, eres tú verdadero Dios y verdadero hombre?

Jesús, ¿por qué no respondiste con un Sí o un No como dicen los evangelios?

Jesús nos responde: anunciad lo que estáis viendo y oyendo.

Jesús es mucho más que un libro o una teología. Jesús es el que hace los gestos que manifiestan el amor de Dios por todos los hombres. Unos saben leerlos y otros no. Jesús es el violinista en la estación de metro tocando la música de Dios. Los que lo ven y le escuchan gozan y se alegran y lo reconocen como el enviado por Dios.

El Papa Francisco se ha convertido en estos pocos meses en el mejor predicador del evangelio. Sus gestos de amor y compasión por los enfermos, los desfigurados y maltrechos, los niños y los pobres señalan y apuntan a Jesús mejor que cualquier sermón. 

Un cristiano es lo que hace, lo que dice se lo lleva el viento. Lo que hace, la compasión y el amor a los hermanos son el ver y el oír del evangelio eterno, el único que los hombres de todos los tiempos pueden leer y creer.