INMACULADA CONCEPCIÓN

Celebramos hoy una fiesta entrañable: la Inmaculada. La tradición, en nuestro contexto cultural religioso cristiano, dedica un mes al recuerdo de María: el mes de mayo. Quizás porque asocia a María toda la belleza que la naturaleza ofrece en ese tiempo. Pero el mes cargado de sensibilidad mariana es precisamente el mes de diciembre. ¿Quién mejor que María estuvo pendiente y expectante ante el acontecimiento del nacimiento de Jesús? En el corazón del Adviento, hoy celebramos lo que Dios hizo en María como privilegio especial por ser Madre de Jesús: preservarla de lo que llamamos “pecado original”.

Los sabios, es su deber, intentar explicar qué es eso del pecado original. No resulta fácil en ocasiones buscar argumentos científicos para explicar cosas que todos sentimos. Pablo en la carta a los Romanos 7,19 confiesa que siente en él mismo una fuerza que le lleva a hacer el mal que no quiere. Y esta experiencia nos es común a todos. No somos capaces de ser lo buenos que quisiéramos ser. Ser buenos nos supera. Estamos dañados en lo más profundo de nuestro ser. Salimos con un “defecto de fabricación”. Nuestra condición humana lleva en sí misma una tendencia al egoísmo, a no hacer todo el bien que desearíamos. Esto es una manera de describir el pecado original. Llamados a encontrar a un Dios que no puede ser descubierto nada más que en el amor, nos vemos sorprendidos por íntimos y hondos deseos de “hacernos nosotros dioses”, de interrumpir el camino de amor y mirarnos sólo a nosotros mismos. “No vayas a Dios, hazte tú mismo dios. Sí, tú mismo puedes ser un dios. Haz tu “santa voluntad y déjate de historias”…
Cuando hoy celebramos la Inmaculada Concepción de María, lo que celebramos es que María estuvo desde el primer instante abierta al amor, abierta a Dios, orientada del todo hacia Dios. Fue un antojo de Dios con ella, destinada a ser Madre de su Hijo. Y nos alegramos de que Dios tuviera este antojo que le permitió caminar en el amor y dar un sí grande.
Decir sí no es cualquier cosa. Tú sabes cómo está hoy esto de los síes. Vivimos en tanta fragilidad que casi hemos llegado a creernos que no podemos dar síes largos, para siempre. Entre nosotros se extiende una cultura de síes cortos, provisionales, para probar…, sin demasiado compromiso. Fijaos dónde estamos llegando: no nos fiamos del sí que pronunciamos ni del sí que nos pronuncian. Puede ser que resulte, puede ser que no resulte… Desde los síes más insignificantes a los síes más comprometidos de la existencia, el sí de la vida humana es siempre una ventura y una fuerza que nos impulsa a crecer y a madurar. Maduramos y nos hacemos verdaderamente adultos manteniendo las exigencias del sí. Claro, decir sí es decir también no. No a todo lo que nos aparta de lo original, de lo esencial. El sí nos pide un ejercicio continuo de búsqueda para discernir por dónde nos filtra el egoísmo. El egoísmo es como el agua o como el gas: encuentran nuestros puntos débiles y por allí empiezan a filtrarse, a hacer goteras o a dar señales de escape…
Hay síes que nosotros tenemos que romper porque no nos dejan crecer y hay síes que tenemos que mantener para poder crecer. Y no valen excusas. Las excusas, como en el libro del Génesis, lo único que desvelan es nuestro pecado y la resistencia a reconocer nuestra culpa.
La Inmaculada, la mujer de síes incondicionales, la bendecida por Dios es hoy nuestro escudo y nuestra fuerza. También una garantía segura en la que apoyar la fragilidad de nuestros síes minados por el egoísmo.
El “sí” de María es una buena palabra de ánimo para nuestros síes, sobre todo para los que más nos cuesta pronunciar con el corazón… Los síes de nuestros labios valen poco mientras no estén pronunciados antes en el corazón. Que al final podamos decir: Dios, que se haga en mí lo que tú quieres. Estoy dispuesto. Estoy disponible.