ACTITUDES DE UN CREYENTE EN ADVIENTO

ESPERAR

Pocos verbos ejercen un papel tan importante en nuestra vida.

Ya al venir a este mundo, cada uno de nosotros fuimos:

– Muy esperados … , poco esperados … , o nada esperados …

– Y esta “ley de la espera”, no sólo no nos ha abandonado, sino que ha influido muy mucho en nuestro desarrollo físico, síquico y espiritual. Podemos afirmar, incluso, que todo eso que hemos dado en llamar nuestra “vida feliz” depende muy directamente de cómo se conjugue en nuestro caso este sencillo verbo.

Mucho dependerá, pues:

– De lo que cada uno espere de sí mismo. (Autoestima).
– De lo que cada uno esperemos de los demás. (Integración, sociabilidad).
– De lo que los demás esperen de sí mismos. (Seguridad)
– De lo que esperen los demás de nosotros. (Prestigio ).

“Saber esperar” (cómo, qué, para qué, hasta cuándo) es la asignatura que, aprobada o pendiente, más influjo ejerce en el difícil arte de “saber vivir”. Hasta tal punto, que todo el evidente despiste existencial de nuestro hombre de hoy puede que dependa de esto:

– Del no esperar nada ni a nadie.
– Del equivocarse en el objeto de su esperanza.
– Del no saber qué hacer durante el tiempo de espera. De la prisa que le impide asumir ciertos tiempos de espera …

Pasando del plano natural al sobrenatural nos ocurre lo mismo.

La Iglesia abre cada Año Litúrgico precisamente con este Tiempo de Adviento. Un tiempo para recordarnos que cada persona somos una partecita de la gran Historia de la Salvación, y que ésta tiene siempre como antesala tiempos pacientes y prolongados de espera.

Pero tanta espera, ¿por qué?, ¿para qué? La culpa de tanta espera la tenemos nosotros por errar el camino.

Por huir continuamente de nosotros mismos, vacíos, desorientados al haber ocultado a fuerza de idolillos la imagen del verdadero Dios. Fuimos creados a su imagen y pasamos gran parte de la vida sin conocerle a Él y, por lo mismo, sin conocernos a nosotros mismos.

Por el contrario, el mérito de tanta espera lo tiene la bondad de Dios. Él, por el amor que nos tiene y con su infinita paciencia, espera y espera mientras nos sugiere de la mañana a la noche que siempre es posible … recomenzar.

Esperar… para comenzar de nuevo … He aquí el mensaje del Adviento. Un mensaje capaz de renovar desde dentro el sentido de su caminar, el estímulo por llegar a su meta, la esperanza de encontrar algo seguro en medio de un mundo tan efímero.

Dios termina siempre por venir …

Termina siempre por venir a pesar de nuestros cansancios …
Termina siempre por venir mucho más grande de lo que podemos imaginarnos …
Termina siempre por venir, mal que le pese a nuestro inveterado pesimismo …
Dios viene siempre como novedad, cuando menos lo esperamos, gratuitamente, esto es, al margen de nuestros méritos. Pide, eso sí, ser reconocido, escuchado. Le encanta ser querido con el estupor de los sencillos, con el entusiasmo de los pobres, con la gratuidad de los últimos de cada cola.

Viene, preparémonos a recibirlo.

VELAR

Velar en nuestro caso no es una actitud pasiva.

No puede confundirse con la actitud de quien espera, despreocupado, la llegada de ese amigo que nos ha anunciado su llegada. En tal caso, podríamos velar siguiendo a lo nuestro, recostaditos en nuestro sillón preferido o al calor de las mantas. Si velamos así …

– Seguro que con el ruido o el sueño no oiremos su llamada a nuestra puerta.
– Seguro que nuestras ocupaciones nos impedirán que nos ocupemos de él.
– Seguro nos perdemos la dicha de descontar, uno a uno, los días que faltan para su llegada.

Velar es suprimir cuantos impedimentos puedan impedir o dificultar la llegada del ser querido a quien esperamos: Horarios, ocupaciones, compromisos …

Velar consiste en mirar una y otra vez por la ventana. Es desplegar nuestras antenas a los cuatro puntos cardinales en busca de algún signo que denote la llegada. Es embellecer la casa para que pueda acaecer en ella algo feliz. Es arreglarnos y disponerlo todo para que pueda tener lugar la fiesta, sin perdida de tiempo, apenas llegue el amigo a quien se espera.

Velar es … estar listos … Es tener ceñida la túnica, los pies calzados y el bastón ya en la mano tal como comían el Cordero los israelitas dispuestos para el éxodo. Como lo están los médicos de guardia o ese retén de bomberos o ese cuerpo de ejército en estado de alerta. Como lo está esa joven mamá con todo preparado para la hora del parto.

Velar la llegada del Amigo que esperamos en Adviento es aún algo más:

– Supone antes que nada, vigilar, como dice san Pedro, porque nuestro enemigo, el Diablo, anda buscando siempre cómo pasarnos a su bando.
Supone conversión.
– Consiste en estar prontos a amar. A abrir nuestras puertas, no lo suficiente, sino de par en par.
A transformar las propias palabras y acciones en herramientas de paz y de acogida para todo el que llegue en el nombre del Señor.
– Vigilar de este modo, es como acelerar, como garantizar esa misma venida. ¿Cómo va el Señor a resistirse al deseo de reunirse cuanto antes con aquellos que le esperan impacientes?

Velar en Adviento, consiste, en fin, en dejar que entre en casa el Evangelio. Y llevarlo en el corazón, y en nuestras manos.

ESCUCHAR

Hablar es cosa fácil, no así el escuchar. Sin duda por eso nos dio el Señor dos orejas pero sólo una lengua. Es mucho más fácil el oír como quien oye llover. Oír campanas sin saber de dónde, también resulta sencillo. No así lo de escuchar ..

Ponerse a la escucha de alguien es, en primer lugar, rechazar todo lo que puede distraer nuestros oídos, nuestra mente, nuestro espíritu.

Escuchar es … Comenzar por callar los tumultos interiores, apartar las fascinaciones del exterior, alejar las interferencias que dispersan la atención y distorsionan la palabra que el otro me dirige.
Escuchar es hacer un silencio lo suficientemente denso como para que yo grite desde él: «¡Ahora no hay nadie más que tú! ¡No hay para mí otro sonido que la música de tu palabra!»

Ponerse a la escucho de alguien es detenerse, quedarse en un lugar, parar el vértigo y la agitación, como diciendo: «¡Ahora tú eres mí centro. ¡Mi meta! ¡Mi carrera me lleva únicamente a ti!

Ponerse a la escucha de alguien …

Es apartar la mirada de uno mismo y volverse hacia el otro. Llegar al cara a cara, como diciendo: «¡Aquí estoy! ¡No existe para mí ningún otro interés! ¡Estoy listo para percibir hasta el susurro de tu palabra!» Escuchar equivale a acoger. A abrir de par en par todas las puertas tras de las que uno se guarda. A derribar tanta alambrada y frontera tras de las que nos parapetamos.

Escuchar a alguien es descuidarme de mí y preferir al otro.

– Es preferir al que está ahí, ante mí; acogerlo con su saco atestado de ropa más o menos limpia; pero que es la suya. Es aceptar que entre en mí, es recibir al otro, con sus sueños y sus deseos; con sus gustos y disgustos; con sus filias y sus fobias.
– Es prever que va a desordenar los estantes tan cuidadosamente ordenados de mi existencia.
– Es cederle el sitio; ofrecerle las llaves de la casa, como diciéndole: «Tu presencia me lo va a poner todo patas arriba; pero corro el riesgo: ¡te escucho! ¡Las palabras que me digas serán para mí espíritu y vida».

Adviento es el tiempo de la escucha …

Porque es el tiempo en el que, lentamente, vamos suprimiendo interferencias y ruidos que nos impidan asimilar. aunque sea lentamente, esa Palabra que va a venir a habitar entre nosotros.

Adviento es el tiempo en el que todos los que escuchan la Palabra aprenden a cambiar sus tinieblas en claridad.

El tiempo en el que, poniéndose a su escucho, se arriesgan a hacer un camino distinto, unos proyectos distintos, una vida diferente.

Adviento es el tiempo en que los hombres escuchan al Señor por el altavoz de cada prójimo.

– Es cuando todo lo que endurece los corazones se derrite ante el calor del Evangelio.
– Es cuando saltan a la boca de uno palabras nuevas y al corazón de uno sentimientos nuevos y a la conducta de uno actitudes nuevas …

Así nace el Otro en uno. Por eso … ¡Adviento es tiempo de nacer!

ALLANAR

Preparar los caminos a Dios es comenzar por hacer uno lo poquito que está en él para que éste llegue hasta él mismo. (Sta. Teresa de Jesús).

Pero, sobre todo, preparar los caminos del Señor es comenzar por proporcionárselos al hombre, al ser humano que vive a nuestro lado
Procurar que quien tengamos al lado tenga, al menos, cuanto le permita ser simplemente, ” humano: su puesto de trabajo, su ración diaria de caricias, su derecho a ejercer de él mismo, su pan de cada día, su libertad…

Son muchos los que se topan desde niños …

Con demasiadas cuestas por las que no pueden subir, Con demasiados precipicios que no pueden saltar, Con demasiadas alambradas que no pueden sortear, : Con demasiado muros que por los que no pueden trepar, Con demasiados caminos tortuosos y enfangados por los que no pueden transitar en su empeño por llegar a ser hombres.

Por eso nos urge Juan el Bautista a …

Allanar montes, que no nos dejan ver a Dios… ni al hombre…, y cada cual debemos tener muy claro a qué montes, valles y barrancos nos referimos: A cuantos que nos separan, en ocasiones abismalmente, del hombre y de Dios, dificultando, retardando y hasta haciendo del todo imposible nuestro encuentro mutuo.

Y este arreglo de caminos es urgente, ya que, desde la Noche de Navidad.

– Dios y el hombre están indisolublemente unidos. Y él sólo nos vendrá SI hemos hecho sitio al hermano.
– La solidaridad consiste en compartir, sin restricción alguna, la condición de quienes nos piden apoyo y a los que queremos acercarnos y amparar

Cuando la solidaridad llega hasta el extremo, lleva a compartir íntegramente la suerte y condición del otro, pues ésta es la única manera de salvar desde dentro a los que se ama, Para ser solidario con los hombres.
Dios toma el camino de todo ser humano: nace de mujer y es envuelto en pañales,

– En este niño, en este Jesús recién nacido de su Madre María, en ese bebé, en ese Cristo de juguete, insignificante, se contempla hasta qué punto Dios se hizo solidario con los hombres,
– En ese hombrecito entre pajas Dios se une a todo lo que conforma la condición humana: el amor, la fragilidad, la muerte, la grandeza, el sufrimiento, el don de sí, el deseo insaciable de belleza.

Y lo hizo para toda la eternidad:
¡Dios está y estará ya unido
para siempre a la humanidad!
En todo momento, en todo lugar
En todo acontecimiento de la vida humana,
Dios camina ya con nosotros,
goza y disfruta con nosotros,
lo aguanta todo con nosotros,
trabaja con nosotros
y por su Espíritu, trata de renovar
con nosotros
la faz de este mundo,
Cuando en adelante digamos:
¡Nosotros!…
nos estaremos refiriendo a Dios
Ya que Dios ha pasado a ser,
y para siempre, uno de nosotros.

Para quienes se inspiran en el Evangelio del Cristo Enmanuel, -del Dios-con-nosotros- la solidaridad es la consecuencia lógica de la Encarnación. Pues, si Dios se ha hecho solidario en tal extremo, también es natural que … en todo tiempo y en todo lugar los hombres nos solidaricemos los unos con otros.

El tiempo de Adviento es el tiempo ofrecido a los creyentes para:

• Descubrir esa solidaridad divino humana,
• Asombrarse ante esa kénosis o anonadamiento
de que nos habla Pablo.
• Predisponemos -generar en nosotros la actitud- de seguir a ese Dios solidario …

PONERSE EN CAMINO

Hay quienes, so pretexto de esperar la Navidad, confunden el Adviento con una plácida sala de espera. Se dejan mecer por los tiernos villancicos y las trenzas de luz que cuelgan en las calles y en las plazas de la ciudad. Esperan, bien calentitos, felices ante el abeto, a que lleguen … las Fiestas. Y con eso ya creen que basta.

Pero Navidad es una fiesta que obliga a moverse.

• Se movieron los profetas.
• Se movió José.
• Se movió María.
• Se movieron José y María.
• Se movieron los ángeles.
• Se movieron los pastores.
• Se movieron llegando desde muy lejos los Magos.
• Hasta Herodes estuvo la mar de inquieto.

Y a este movimiento, llamamos Adviento.

Dios ha venido a los hombres para cambiar la faz de la tierra. Para sacarlos de su debilidad y de su flojera. Para ayudarles a edificar una paz y una justicia más eficaz. Para señalarles los caminos de una felicidad real. Para invitarlos a vivir como hermanos iguales. Para hacerles comprender que todo ser humano ha nacido a imagen de Dios y está revestido de una dignidad incomparable.

Siendo esto así,

¿Cómo es posible imaginar que podemos preparar la Navidad, el nacimiento de Dios como hombre, más aún, el nacimiento de Dios en nosotros, pensando sólo en comprar, adornos, comidas y regalos, mirando las estrellas, lamentándonos de boquilla de las dificultades por las que pasa el mundo, mientras nos mecemos sobre músicas conmovedoras? ¡Con todo lo que nos queda por hacer en nuestro propio yo, en nuestra propia casa, en nuestro propio mundo¡

No, el Adviento no tiene nada de “Sala de Espera”.

Ni consiste en contemplar desde la acera cómo desfilan por la calle del mundo las alegrías y las angustias de los hombres. Nada requiere una actitud más activa de nuestra parte que la espera de Cristo. Esperar al Dios que viene, exige que salgamos a su encuentro … Para que pueda venir Dios, tenemos que transformar la tierra desde sus cimientos. Darle otro rostro. Otro aspecto. Otras bases.

He aquí una obra colosal que supera la capacidad del hombre

Y que sólo es posible si el Espíritu de Dios viene a ponerla en movimiento, y a orientar nuestros proyectos y nuestras realizaciones. Tenemos una tierra que hay que remover por completo. No yo solo; pero también yo. Eso significa que una parte de esa labor me corresponde a mí.

 

   
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