MENDICIDAD CALLEJERA   Cada vez es mas frecuente encontrarnos con mendigos por las calles, que bajo formas distintas apelan a nuestra generosidad. Unos se sitúan en las puertas de los templos, otros exhiben carteles, con muchas faltas de ortografía, en los que indican sus múltiples carencias que provoquen detrás del sentimiento compasivo la dádiva generosa del paseante de turno.   Las posturas en torno a este problema son controvertidas, y suelen ir acompañadas de un conflicto interior, que no deja satisfecho a nadie. Cualquier postura que se toma te deja en la duda si has hecho lo mejor. Lo mas habitual, casi como un acto reflejo, es hechas mano al bolso, sacar una moneda, entregárselo y de este modo evito reacciones violentas o palabra inadecuadas del mendigo; además tranquilizo mi conciencia.    Las autoridades públicas no se ponen de acuerdo sobre como actuar. Lo estamos viendo ahora en Oviedo, ya que ni siquiera los socios de gobierno se ponen de acuerdo.  Apenas intervienen, miran para otro lado, y se ponen a “silbar”, sin aplicar aquello que la legislación determina realizar en otra dirección de trabajo social. Cuando hay vecinos-votantes que se quejan de determinadas situaciones solo aplican las medidas represivas, poniéndoles multas o “barriendo” el problema de una plaza a otra, pero sin resolver la situación, solo cambiando su ubicación, para que sea mas grato el paseo de los pacíficos ciudadanos. La respuesta policial no resuelve el problema, lo distrae, lo distancia o lo penaliza.   La mendicidad degrada al que la practica, mantiene al mendigo en su situación y en la necesidad de seguir pidiendo, genera dependencia, pasividad y ahonda las diferencias entre los ciudadanos. Dar limosna callejera favorece el aumento de las personas que se dedican a pedir, incita a ganar dinero fácil, fomenta la existencia de mafias y profesionales de la mendicidad con disputas por los “mejores puestos” y lo que es peor, resta eficacia a los programas de servicios sociales, ya que en la calle consiguen mas recursos, sin tener que realizar ningún esfuerzo.   La obligación de compartir nuestros bienes con los mas necesitados no es solo una exigencia evangélica del mandamiento del amor fraterno. El compartir nuestros bienes  es una exigencia de la justicia, pues no es justo que mientras unos nadan en la abundancia otros estén pasando necesidad ya que todos los bienes y sus beneficios están para bien y utilidad de todos.   Pero este compartir no se puede ejercer con un limosneo callejero, que ha ridiculizado el concepto de caridad y cuyo sentido mas profundo es necesario reivindicar; sino con una acción social coordinada, que eleve la dignidad de los marginados, que luche contra las causas que producen esas desigualdades y que realice procesos personales y sociales de desarrollo y promoción de la persona; en definitiva un trabajo por la inserción social.   Entonces ¿qué hacemos?, suele ser la pregunta habitual cuando salen a conversación estos temas. No podemos marcar el comportamiento ni las acciones de cada uno, que tendrá que actuar de acuerdo con sus convicciones, pero si podemos dar algunos criterios que pueden servir para crear opinión al conjunto de los ciudadanos.   Debemos abandonar la práctica de la limosna callejera individual a cualquier mendigo que encontramos en la calle; es deseable y preferible que ese dinero se entregue a las organizaciones que realizan un trabajo social dignificador. Debemos favorecer y colaborar como voluntariado en estas organizaciones sociales e informar de los servicios concretos ya existentes y sus direcciones. Y por último se debe exigir a la Administración Pública, obligada por los preceptos legales, la tarea  de solucionar el problema de la mendicidad, cuyas raíces están en la injusta organización social en la que vivimos.   Alberto Reigada Campoamor. Párroco de la Tenderina. 
   
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