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 La campaña concluye, la caridad política continúa
Nuestra condición de ciudadanos, protagonistas de la vida política, no se reduce a la elección, cada cierto tiempo, de nuestros representantes
Un objetivo de la regeneración democrática es propiciar el paso del ciudadano “espectador-consumidor” al de ciudadano “actor-corresponsable”. La política es obra de todos. Resulta vano esperar de la clase política, como de los empresarios, de la policía, de los magistrados, etc., un civismo que no sea el vivido por el conjunto de la población.
La democracia necesita virtud, tanto en los dirigentes como en los propios ciudadanos. Precisa una ética que descanse en el respeto a los derechos del hombre reconocidos en la Declaración de la ONU de 1948 y en nuestra Constitución, cuya reforma no debería plantearse con frivolidad. Resulta igualmente importante comprender que la afirmación de derechos es fuente de deberes. Una sociedad que lo espera todo de las administraciones públicas, puede desembocar en la irresponsabilidad, así como en la degradación de la democracia.
No existe una verdadera democracia sin comportamientos democráticos: aprender a conocer y a reconocer al otro; fomentar el diálogo en vez de la pelea; hacer prevalecer la razón sobre la pasión; desterrar el uso de la violencia y la mentira. ¿Dónde se aprenden estos comportamientos? ¿En dónde se forman ciudadanos virtuosos? La democracia se aprende mediante su práctica en el ámbito social e institucional del que participamos, pero necesita la acogida de sus valores fundantes y el cultivo de virtudes cívicas en la familia, la escuela y la vida asociada. Es la tarea a impulsar a partir del lunes.
D. Luis Argüello. Obispo Auxiliar de Valladolid