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     “Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”.

Un explorador del Amazonas regresó a su pueblo y todos estaban ansiosos por conocer sus aventuras por el río poderoso y por aquel vasto territorio.

¿Cómo, se preguntaba, describirles lo que he visto?

¿Cómo puedo poner en palabras los sentimientos que experimenté al ver las flores exóticas y los sonidos oídos durante las noches?

¿Cómo comunicarles los olores que impregnaban el aire y los peligros encontrados a lo largo del viaje?

Así que les dijo: “Vayan y descubran por ustedes mismos este territorio desconocido”.

Les dio un mapa del río indicándoles los peligros y los lugares maravillosos y les ofreció pistas para evitar todo tipo de encuentros peligrosos.

Las gentes cogieron el mapa, lo pusieron en un marco y lo colgaron en el ayuntamiento para que todos lo pudieran admirar. Algunos se hicieron copias que estudiaban entusiasmados y, con el tiempo, se consideraron expertos en el Amazonas.

La resurrección de Jesucristo no es un mapa que tenemos que contemplar, ni una lección que tenemos que aprender, es una inmersión en el Amazonas de la vida vivida en y con Cristo.

La Palabra de Dios tiene que ser saboreada en el silencio, profundizada en el estudio, asimilada en la oración, celebrada en la liturgia, vivida en la vida fraterna, anunciada en la misión, hasta que se convierta en nuestra lengua materna afirma un teólogo italiano.

La Escritura, asignatura pendiente de los católicos, es el Amazonas por el que tenemos que viajar todos los días.

Los apóstoles encerrados en su cenáculo rumian su tristeza y su desilusión. Después de la crucifixión de Jesús discutirían sus opciones futuras. Las enseñanzas de Jesús a lo largo del camino, ignoradas y olvidadas, no habían sido asimiladas por estos alumnos preocupados más por ambiciones materiales y mundanas que por ideas y actuaciones novedosas. Como los alumnos de la ESO tenían sus mentes en otras cosas.

En las cosas de la religión todos somos alumnos de la ESO. Todos tenemos nuestras prioridades, preocupaciones y tareas urgentes que vivir. Jesús y su cielo pueden esperar.

La resurrección, realidad ausente en la tradición y en la Biblia Hebrea, les resultaba incomprensible.

Jesús tuvo que abrir sus mentes para que comprendieran las Escrituras.

Nos podemos preguntar, ¿por qué Jesús no se lo explicó durante su ministerio? ¿Por qué no les abrió las mentes durante su vida?

Si lo hizo nunca lo entendieron. Jesús tenía que morir y resucitar para que se les abriera la mente y entendieran su vida entera.

La resurrección es la llave que abra las puertas de las Escrituras.

La resurrección es el happy end que da sentido y explica lo que Jesús fue, es y será.

La resurrección es la plenitud de la Escritura. Es el link que une lo que somos y seremos.

La resurrección es la plenitud de la fe, todo lo demás son los complementos.

Aceptar la resurrección de Jesús y la mía es más que un mapa colgado en la pared, más que un sermón de Pascua, es sumergirse en el Amazonas de la vida con Cristo.

La Palabra de Dios que proclamamos, el pan que compartimos, la paz que nos ofrece y la misión que el resucitado nos confía son invitación a descubrir su presencia en este cenáculo que es nuestra iglesia. Es el gran menú del domingo.

Nosotros seguiremos proclamando la Escritura y seguiremos alimentando nuestras dudas pero tenemos que creer a pesar de nuestras muchas dudas.