4º domingo de Cuaresma

En  Ystad, Suecia, hay una iglesia que no tiene nada de particular, en su sencillez nada llama la atención, pero cuando uno se adentra en su interior, en frente del púlpito cuelga una cruz con un Cristo de tamaño natural, con pelo natural coronado con una corona de espinas. Pero este crucifijo tiene un secreto y una enseñanza poderosa.

¿Cuál es la historia de este crucifijo?

Cuenta la historia que a principios del siglo XVIII el rey de Suecia visitó la iglesia como un feligrés más un domingo, sin anunciar su visita.

Cuando el pastor vio al rey sentado entre los feligreses se alegró tanto que ignoró el sermón que tenía preparado para ese domingo y dedicó su mejor oratoria a elogiar las virtudes del rey.


Unos meses más tarde la iglesia recibió el crucifijo. Con el crucifijo había una nota manuscrita que decía: “Cuélguenlo en la iglesia, frente al púlpito, de modo que cualquier pastor que suba al púlpito lo contemple y sepa sobre qué tiene que predicar”. 

La tentación de sermonear, en lugar de predicar, es tan grande que todos los predicadores han caído en ella.

San Pablo que no conoció a Jesús de Nazaret, el que devorado por el celo de Dios, expulsó del Templo a latigazos a los vendedores de animales y a los cambistas, como veíamos en el evangelio del domingo pasado, confiesa en sus cartas que sólo conoció a Cristo y a éste crucificado.

Una profesora de filosofía, con la que compartí algunos programas de televisión en Soria, me confesaba que, a pesar de no ser creyente, la cruz es para ella el mejor símbolo de todas las religiones, la mejor expresión del amor desinteresado y lo tiene siempre en su mesa de trabajo.

Los que no han crecido en una familia cristiana, los que no entran en las iglesias, los que no leen los evangelios, ven a un hombre en la cruz y se preguntan y ¿ese quién es?, ¿ese qué ha hecho?

La respuesta la encontramos en este evangelio que ya hemos predicado más de una vez, en este versículo, Juan 3,16, el versículo más conocido y más predicado en muchas iglesias.

Un pastor protestante escribe: “Si ustedes son como yo, probablemente tuvieron que memorizar estas palabras en el útero. Al crecer en una familia cristiana no puedo recordar cuando escuché por primera vez, Juan 3,16, pero sé que memoricé este versículo antes de que pudiera entenderlo”.

Juan 3,16, todo el evangelio resumido en un versículo.

Jesús es el Templo en el que Dios habita. Jesús es el Hijo arrojado a la tierra y elevado sobre la cruz para que experimentemos de primera mano el Amor de Dios.

Dios ama el mundo que ha creado y a los hombres, creados a su imagen, incondicionalmente. No nos consulta, no nos pide la opinión, nos ama, punto.

El amor de Dios no lo entendemos porque no lo podemos controlar ni negociar. Dios es un amante celoso, nosotros lo único que podemos hacer es asustarnos y huir.

Si nosotros estamos eternamente agradecidos al que nos hace un gran favor, al que nos dona un órgano para que podamos seguir viviendo, ¿cómo no estar agradecidos al que nos hace el mayor de los favores dándonos a su Hijo que nos da vida abundante aquí y en la vida eterna?

Jesús es más que un ojo, un riñón o un órgano, Jesús es dador de todo bien, toda paz y salvación total.

Jesús dice todas estas cosas en una conversación nocturna con Nicodemo, un sabio de Israel. Un diálogo de sordos. Nicodemo, como nosotros, tiene en este teatro de la vida una entrada barata con visión parcial del escenario, se pierde muchos detalles a pesar de creer que lo ve todo y lo sabe todo.

Jesús, el Hijo de Dios, conoce todo el guión y da a Nicodemo pistas para que tenga una mejor visión, pero con poco éxito.

Jesús hace alusión, memoria histórica, al pasado de su pueblo en el desierto donde el pueblo es picado por las serpientes venenosas. Dios no mata a las serpientes, pero les da el contraveneno para vencerlas. Levanten los ojos a lo alto y miren la serpiente de bronce levantada por Moisés.

Jesús, a los hombres de hoy y a los predicadores de todos los tiempos, nos recuerda que frente al púlpito, como en la pequeña iglesia luterana de Suecia, cuelga el crucificado, al que hay que mirar con el corazón y al que hay que predicar con el corazón.

"Lo mismo que Moisés levantó la serpiente, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre para que todo el que crea en él tenga vida eterna".

El árbol plantado en el Calvario, desde el que Jesús nos da la mano, es el árbol de la vida plantado en el centro del paraíso, el árbol de la inmortalidad.


Los cristianos que hemos besado tantas reliquias falsas, que hemos levantado los ojos ante tantas imágenes de santos tan pequeños como nosotros, Hoy somos exhortados a mirar al Tú solo santo, al solo Tú Señor, al único que nos puede amar de verdad, perdonar sin más y salvar por pura misericordia.

   
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