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La esforzada y gratuita esperanza

 

Bien mirado en la espera nos gastamos todo el año.
Largos ratos nos pasamos a diario en las esperas.
En la espera de médico, o en la del autobús.
En el metro, en la tienda, en la esquina,
el butano, el cartero, el amigo
que vuelve desde lejos...
 
iTanto tiempo esperando!
Por eso, quizá, nos aburrimos
y quedamos dormidos
como aquellas muchachas de las bodas,
de que habla Cristo en el Evangelio.
 
Adviento nos despierta como un grito,
sirena de la fábrica de Dios,
que despabila y ahuyenta nuestro sueño,
nos invita al trabajo por el Reino,
a desbrozar los caminos del Señor.
 
Él vendrá en todo caso.
Su palabra no nos puede faltar ni traicionarse.
¡Mas tengamos cuidado!
Sólo aquel que sepa prepararse
lo podrá descubrir, cuando venga
con sus rostros tan distintos y, a veces,
oscuros, misteriosos y hasta desconcertantes.
 
Aunque yo me prepare, su venida
siempre será un regalo que no puedo
con el oro del mundo comprar ni merecer.
Mas, si no me preparo –con su ayuda también–,
estaré ciego y sordo cuando pase;
cruzará por mi vera, y entonces no sabré
descubrir su presencia y poderle acoger.
 
Como una estrella nueva, Jesús de Nazaret
pasaba por su pueblo, dándose a conocer.
Era el pueblo elegido, llamado; y, sin embargo,
sólo supieron verle los pobres y sencillos,
los pastores, José y María, su Madre,
la esclava del Señor, abierta a la Esperanza,
la Esperanza de Dios.
Adviento es nuestro esfuerzo.
     Navidad es su Don.    
                    
 
       Alberto Iniesta