LA GRAN SORPRESA

En el libro “Mensajeros de Dios”, Elie Wiesel, nos ofrece una interpretación de las vidas de Caín y Abel. Los dos hermanaos representan los dos grupos de personas de nuestro evangelio de hoy, las cabras y las ovejas.

Caín necesitaba hablar con alguien, necesitaba comprender lo que le apartaba de Dios, necesitaba un hermano que le ayudara y animara. Pero Abel, su hermano, estaba demasiado ocupado ofreciendo sus sacrificios a Dios. No tuvo tiempo.

Los Caínes de este mundo se convierten en lo que son por nuestra culpa. No tenemos tiempo para escuchar, comprender y animar a los hermanos.

El peso de nuestras preocupaciones, el deseo de perfección, el afán de cumplir con nuestros deberes religiosos y la rutina de nuestras devociones son muchas veces obstáculo para acercarnos a los demás.

Esperamos encontrar a Dios en lo grandioso y olvidamos que está también en el vaso de agua ofrecido al necesitado. Esta es la gran sorpresa del evangelio del juicio final.

Nos llevaremos una sorpresa al ver bendecidos y acogidos por Cristo a muchos hombres y mujeres que nunca hubiéramos creído dignos de ser abrazados por Dios.

No seremos juzgados, según el evangelio, por pertenecer a una Iglesia u otra sino por lo que hicimos gratis por los demás.

No seremos juzgados por lo que sabemos sobre Dios sino por lo que sabemos de las necesidades de los demás y de nuestro compartir.

No seremos juzgados por las creencias y los credos proclamados sino por las obras de misericordia practicadas a favor de los demás.

No seremos juzgados por nuestros cantos y sermones sobre el amor sino por los gestos de amor a los demás.

No seremos juzgados por los pecados cometidos sino por no haber amado a los demás.

¿Y cuándo y dónde encontraremos a Jesús?

Este Jesús al que rezamos cinco veces al día, al que contemplamos en las cruces, al que cantamos y celebramos en las eucaristías, este Jesús, principio y fin de nuestra fe, nos invita a ser el buen samaritano, ese ateo que obra como cristiano sin saberlo y sin quererlo ser y le molestaría que se lo dijera, pero nosotros tenemos que ser cristianos cristianos descubriendo a Jesús en los demás.

¿Qué pasará al final de nuestra vida?

La evaluación final de nuestra vida no será sobre la teoría, la teología y la ortodoxia. De eso se preocupan los hombres, los censores y los guardianes de la ley.

El Dios amor se preocupa de algo más importante, le interesa la praxis, que los hermanos, sus hijos, sean consolados, animados, visitados alimentados, vestidos…

Con los buenos sentimientos se hace mala literatura, con las buenas obras aliviamos el sufrimiento, construimos la paz, humanizamos la vida y conectamos con el último y encontramos a los perdidos.

Al final de nuestra vida seremos salvados por la gracia y la misericordia de Dios, pero seremos evaluados sobre nuestras obras.

El amor nunca es anónimo. Tiene nombre y apellidos mi prójimo, mi hermano, el Caín que viaja conmigo.

A un hombre le dijeron que entrara en el reino y le señalaron una puerta. Cuando llegó encontró la puerta que un centinela guardaba.

No sabía si debía entrar o esperar. Se sentó y esperó a que el centinela le diera órdenes y permiso para entrar, pero no dijo nada. El hombre siguió sentado esperando que algo sucediera o que alguien llegara.

 

Estuvo sentado toda la vida. Un día el centinela cerró la puerta, se giró hacia el hombre y le dijo: Esta puerta era para usted solo, pero como no se atrevió a entrar se cerró para siempre.

   
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